Las cenizas del dragón

Las cenizas del dragón

El trayecto fue largo desde la ciudad hasta aquel remoto lugar en las montañas. La neblina hacía casi imposible ver a los carros que venían en dirección opuesta en la carretera o incluso el divisar la dirección a la que esta doblaba. El ascenso fue muy lento y los nervios estaban a flor de piel.

La mente de la detective corría sin parar. Sus pensamientos se interrumpian  únicamente en los momentos en que Enrique detenía el carro al verse frente a un acantilado.

Repasó en su mente los sucesos de la semana y trataba aún de unir los puntos que pudieran dar algún indicio que esclareciera los asesinatos.

Miraba el calendario con las fechas en circuladas, y no lograba encontrar alguna relación con las muertes. Sacó el mapa con los lugares donde habían sido secuestrados y tampoco tenían algo que los ligaran entre sí.

Después de meses de investigación por fin habían dado con una pequeña coincidencia, todos los muertos eran hombres de edad entre los cuarenta y los cincuenta años, sus restos irreconocibles pudieron ser identificados únicamente por los registros dentales. De ellos quedaban únicamente cenizas.

Se realizó un rastreo aéreo en el lugar de la última víctima, finalmente se logró encontrar que las cenizas de los cuerpos habían sido dispuestos en forma de dragón. Todas las víctimas fueron asesinadas en sitios, que al verse en el mapa formaban un círculo y en cuyo centro estaba la cueva del dragón.

Clara se odiaba por no haber visto estas pistas antes, y que las imágenes del cuerpo del último hombre dispuesto en forma de dragón, hubiera sido el descubrimiento del policía novato que cuidaba el perímetro y que torpemente jugaba con un dron que recién había comprado.

Cada vez que escuchaba a sus compañeros detectives hablar en secreto y reírse cuando ella pasaba, la hacía sentirse incómoda. Toda su vida había tenido que sobresalir en un mundo de hombres, con cinco hermanos varones y su padre, quien le enseñó a ser fuerte y autosuficiente.

Siempre fue muy segura de sí misma, hasta el día cuando fue recibida por sus superiores en aquella estación, y presentada como la mejor detective de su clase, siendo promovida por sobre muchos otros con más experiencia que ella. Se creyó juzgada por su género, ante todos los demás elementos de la estación y por primera vez se sintió vulnerable.

Se exigía siempre un extra para probar que estaba ahí por capacidad y no por algo más.

Aquel hallazgo por el novato revivió aquel primer ingreso a la estación, y sintió como que su capacidad era puesta en duda nuevamente.

—Estoy aquí Clara, habla conmigo que tal vez te pueda ayudar. Deja de hablar en murmullos que me vuelves loco. Recuerda que soy el único que creyó tu teoría de los dragones y estoy aquí no, exponiendo mi vida en esta maldita carretera a las cinco de la mañana un domingo.

—Sí Enrique, disculpa. Diez cadáveres en un círculo, todos quemados y dispuestos en forma de dragón. Según mis investigaciones el dragón representa las fuerzas primitivas de la naturaleza y el universo, es por lo que escogió este lugar rodeado de naturaleza. Pero… ¿Que lo llevó a matar a estos hombres? También implica la muerte y el renacimiento de un nuevo universo y es por lo que creo que su última víctima es un niño símbolo del centro, el renacer. El asesino cree representar la lucha entre dos fuerzas, se siente el guardián, ¿pero de qué?

Sentía estar a un paso de resolver el acertijo sola, cuando sonó el teléfono.

—Detective Clara, he realizado la comparación de los diez cadáveres en todos los aspectos, lugar donde fueron secuestrados, lugar de trabajo, donde vivían etc. y he encontrado una pequeña coincidencia.

—La llamada se cortó otra vez, Enrique. Sacaré el teléfono satelital y trataré de conectarme con Mariano. 

Faltaba poco para llegar a la cueva, se habían adelantado, pero a pocos kilómetros un grupo de policías venía detrás de ellos, para darles el apoyo necesario en el rescate. La idea era salir todos juntos, pero Clara no soportó más el pensar en el destino de aquel niño y le pidió a Enrique se adelantaran.

—Detective, ¿me escucha ahora?

 —Si Mariano, continúa.

—Todos estos hombres fueron miembros o son hijos de miembros fallecidos de una empresa que tenía nexos con el gobierno y que conseguían contratos de manera ilegal para explotación forestal en la zona donde usted se encuentra. La junta la conformaban doce miembros.

—¿Faltan dos entonces?

—Así es, Uno es el nieto de Josué Cabrera. El señor Cabrera y su hijo fallecieron en un accidente aéreo el año pasado y todas las acciones pasaron a su nieto, Josué Cabrera Jr.

 La detective no salía de su asombro, el asesino tenía al niño Josué y si había hecho esto con todos los miembros de aquella empresa, era probable que hiciera lo mismo con aquel inocente niño. 

Enrique se encontraba claramente estresado entre la carretera que ya les representaba un reto, y el pensar que llegarían muy tarde.

La detective preguntó sabiendo ya la respuesta, —¿Y el otro hombre que no está muerto es nuestro asesino?

—Así lo parece detective. El comisionado me ha dicho que le comunique, que no entre sin antes esperar el apoyo.

—Así lo haré Mariano. 

Enrique la vio de reojo cuando apagaba el aparato y su mirada le dijo que no esperaría a nadie, no podía dejar aquel niño a merced de un monstruo.

Se detuvieron a un kilómetro del lugar para poder inspeccionar el área. Una vez frente a la cueva pudieron entrar y caminaron lo más que pudieron sin encender las linternas.

—¡Calla!, ¿Oyes eso?—, dijo la inspectora susurrando. Un lejano murmullo se escuchaba. Una especie de llanto y cánticos.

La detective finalmente comprendio que el asesino en su mente, se sentia obligado a crear un cambio en el universo. Quería implantar la idea en aquel pequeño niño de que no debía afectar la naturaleza, ya que él era el único heredero de aquella compañía. Esto le daba a Clara una pequeña esperanza de que no lo dañaría.

Llegaron a un punto alto de la cueva donde pudieron ver a lo lejos como el pequeño niño forcejeaba con las cuerdas que lo tenían prisionero. El asesino encendía una gran fogata y bailaba a su alrededor con una especie de disfraz de dragón. Finalmente se detuvo y miró al pequeño niño.

La detective apuntó y espero.

—Lo has prometido Josué, no dañarás este sagrado lugar. Los dioses me lo han pedido. Yo soy el dragón, el guardián de este lugar y lo protegeré. Cuando mi esposa e hijo murieron cerca de esta cueva supe que era por lo que habíamos hecho. Debíamos pagar, pero tú eres el renacer. —El niño lo miraba asustado esperando ver qué haría. —¡Grítalo una vez más!

El pequeño niño gritó entre llanto y enojo. —Si, protegeré este luga…

No terminó la frase. Su grito de horror inundó la cueva. El hombre se había lanzado al fuego y una vez prendido en llamas corrió en círculo hasta que cayó al suelo.

La detective se levantó apresurada y corrió hasta el niño. Sintió por un momento temor de que el hombre se lanzara sobre el pequeño y lo quemara.

El sonido de los policías entrando a la cueva era cada vez más cercano, Clara desató a Josué y lo abrazó con fuerzas.

El niño repetía suavemente, —Si, lo protegeré. Si, lo protegeré…— Sus pequeños ojos no dejaban de ver al hombre calcinado.

 

 

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La tienda de discos

La tienda de discos

La araña trataba de evadir las manos de Ramiro, pero este  no la dejaba. Cada vez que se movía hacia algún lado, este detenía su paso.

La tienda de discos permaneció vacía todo el día. Había pasado el tiempo ordenando las portadas de los discos, para que sus  favoritas estuvieran siempre visibles.

Aburrido, cubrió la araña con un vaso de vidrio y por unos segundos se quedó ido, viendo el patrón de la alfombra. Descubrió que si lo miraba fijamente, siempre podía ver seres atados a cuerdas y suspendidos en el aire.

Caminó hacia la puerta de vidrio y contempló a los chicos que hacían fila para entrar al  cine al otro lado de la calle.

Pudo reconocer a Raquel a lo lejos, que caminaba platicando animada con sus dos amigas, Johana y Marcela. Solía imaginar que él estaba junto a ellas participando de  la conversación. Después de unos minutos vio su reflejo en la puerta  y se observó sonriendo solo, en aquella fría noche, mientras todos los chicos del pueblo estaban al otro lado de la calle.

Encendió el letrero de cerrado y giro la llave de la puerta. Apago la luz de la sala de ventas y se fue a la bodega a buscar su chaqueta. Pasaba la mayor parte del tiempo en aquel lugar y lo disfrutaba más que estar en casa.

Había cubierto las ásperas  paredes de la bodega con posters de sus bandas favoritas. Fotos de Raquel estaban puestas sobre las  caras de las  chicas que aparecían junto a los cantantes.

Una luz tenue alumbraba el  terrario, hogar de un par de tarántulas. En la esquina, cubierta con una colcha de Kiss se encontraba una pequeña cama . Entró al baño, y se contempló al espejo. Trató de despejar lo mejor que pudo los mechones que caían sobre sus ojos. Se puso los aritos negros en ambas orejas, así como el de la nariz.

Por un segundo contuvo la respiración tratando de escuchar.  Al parecer el sonido de la campana que anunciaba que alguien entró a la tienda se había activado.

̶  ¿Ramiro?… ¿Estás aquí?

<< ¡Maldición!>>

Se retiró nuevamente los aretes y se los guardó en el bolsillo.

̶  ¡Uff! Qué olor tan fuerte a cloro. Ramiro, ¿no habrás manchado las alfombras? ¿Dónde estás muchacho?

Salió rápidamente de la bodega. No quería que entrara y lo molestara por las cosas que ahí guardaba.

̶  Aquí estoy doña Carlota.

̶ ¿Qué fachas? Te he dicho que no vistas esas ropa negra, y espero no estés usando esos horribles aretes. La gente no viene, porque piensa que aquí solo vendemos música satánica.

La mujer caminó, inspeccionando la tienda, en busca de cualquier cosa que reprocharle al chico.

Lucía una falda amarilla con grandes flores de colores. Al caminar esta se movía como una campana al son de sus pasos, ahogados por la alfombra. Una blusa ajustada color blanco, acentuaba su figura. A pesar de su edad, se conservaba muy bien y lucía diez años más joven de lo que era. Sus cabellos rubios estaban recogidos en un gran moño y sus lentes de ojos de gato, complementaban su estilo.

̶ Te quedarás a dormir esta noche aquí. ̶  Dijo mientras pasaba su dedo por el estante en busca de suciedad. ̶  Tendré compañía y no quiero que me estorbes. ̶  Se sacudió las manos, y avanzo hacia el final del cuarto.

Ramiro escuchó en silencio. Levantó el vaso de vidrio de la mesa y aplastó la araña que había guardado en él.

̶  Me voy, pero necesito ir al baño. ̶  articuló al tiempo que abría la puerta de la bodega, entrando rápidamente.

Ramiro vivía desde los 5 años con Doña Carlota. Pensó que ella lo había sacado de la calle para adoptarlo como su hijo, pero pronto se dio cuenta que solo sería un sirviente para ella.

Desde muy pequeño realizaba los quehaceres de la casa y aunque ella le pagó la escuela, el trato que recibía, era peor que el que recibía el viejo perro, que compartía la habitación con él.

Cada vez que ella tenía un amigo que llegaba a casa, no importando su edad, debía dormir en la tienda, que había atendido desde que cumplió los ocho.

̶  Doña Carlota espere. Ese baño no funciona. ̶  Avanzó rápidamente hacia la bodega.

Solo alcanzó a escuchar el grito de horror de la mujer. Corrió y tomó consigo una estatua de metal del estante, imitación de un Grammy.

̶  !Estás loco! Lo sabía. Sabía que estabas mal de la cabeza  ̶  , dijo con voz temblorosa.

La bañera estaba llena de sangre de dos gatos que había despellejado aquella mañana. Aquello se había convertido en algo usual para el chico, desde hace mucho tiempo.

Ramiro, sintió que un enorme peso se había levantado de sus hombros, el verse libre de su terrible secreto lo hizo sentirse en paz. Había fantaseado algunas veces con tenerla en aquella bañera en lugar de los gatos y aquella no podía ser mejor oportunidad para cumplir su fantasía.

Le estaría haciendo un favor al mundo.

Un golpe seco asestado en la cabeza, la hizo dar unos pasos hacia atrás, finalmente cayendo en la bañera. El horror en su rostro se desvaneció poco a poco, así como la luz de sus ojos.

Le dio un golpe más en el cráneo, asegurándose así de que estaba muerta.

̶  Bruja  ̶  dijo agitado. Tiró el trofeo sobre la cama y se miró al espejo. Se puso los aretes que había guardado y se lavó las manos. Se apoyó en el marco de la puerta contemplando por un rato como la sangre corría por los costados de su rostro. Los anteojos estaban torcidos y el moño revuelto se teñía de rojo.

̶  ¡Buenas!

Se sorprendió al oír aquella voz.

̶  ¡Hola!

Buscó algún indicio de sangre en su ropa. El color le ayudaba a ocultar cualquier mancha, además, la luz tenue del lugar lo ayudaría a disimularlo, pero decidió mejor cambiarse la camisa.

̶  ¡Un momento!

Salió apresurado y para su sorpresa era Raquel. Lucía hermosa aquella noche. Una delicada falda de un tono pastel le llegaba arriba de la rodilla, la blusa apenas  transparente dejaba ver las curvas de su torso. Llevaba largas calcetas hasta la rodilla,  así como una vincha de orejas de gato, que la hacían ver dulce e inocente.

̶ Ya cerramos.

̶  Si disculpa, es que vi a Doña Carlota entrar y mi mama me dijo le diera un mensaje.

Embriagado de una nueva confianza, mintió sin ningún esfuerzo.

̶  Si, vino, pero salió por la parte trasera hace unos 10 min. Lo siento.

̶  Está bien, gracias.

Estaba a punto de irse cuando Ramiro se adelantó y tomó la puerta. En un gesto de caballerosidad para Raquel, pero para Ramiro era un debate en su cabeza, entre, si debía dejarla ir o tal vez encerrarla, quizás decirle que la amaba.

̶  ¿Te gusta la música?, ̶  dijo en su desesperación por no dejarla ir tan pronto.

̶  Si mucho. Me encanta Bon Jovi.

El chico sonrió insolente y se acercó a ella. Sus mejillas casi se rozaron y susurrando articuló,

̶  Si quieres puedes venir mañana, te mostraré los discos que tenemos en la tienda y tal vez te regale alguno.

Se sorprendió al ver que Raquel se sonrojaba. Levantó la mirada y sonrió coqueta.

̶  Está bien, vendré mañana a las tres en punto.

La observó mientras cruzaba dando pequeños saltos por la calle, y  como les relataba a sus amigas lo sucedido, mientras estas volteaban a ver sonrientes, hacia la tienda de discos.

Se quedó unos instantes a verlas, luego apagó la luz, cerró la puerta y se dirigió a la bodega.

Se vio al espejo y se percibió diferente.

Tenía mucho que hacer para convertir aquel lugar en el sitio ideal para que Raquel lo compartiera con él. Por un segundo pensó en la posibilidad de que ella quisiera huir con él.

̶  Seguro encontraré una manera de convencerla, verdad Doña Carlota.

Extendió un plástico en el pequeño baño y comenzó a envolver el cadáver de la mujer, al tiempo que repasaba en su mente lo sucedido en su encuentro con Raquel.

Todos los relatos en este blog estan protegidos por derechos de autor. 

 

A light on the darkness

A light on the darkness

I tripped on a tree root.  As I tried to get up, Alice grabbed me and lifted me as if I was made of feathers. Alice´s strength made me fear her more.

As I was raised and faced with my aggressor,  I caught a glimpse of the sun rays coming through small openings left by the movement of leaves on the trees. For a moment, there was no sound, just movement. I felt like floating, not sure if I was already dead. The angry expression on Alice´s face, as she carried me to the edge of the cliff, made her blue eyes seemed like they were morphing into a demon like blood color.

Her grip was growing stronger as we got closer. She carried me as if I were luggage. The sounds were slowly returning. I felt being lifted again, ready to be tossed as if I were a dry stick thrown into a  fire. A loud noise brought me back from my temporary deafness and in an instant, I was on the ground, a shower of red drops were all over my body.

Still trying to understand what was happening,  the smell of powder invaded my nose and made me look up, staring at the shape of the smoke slowly making its way out of the mouth of a rifle.

As my body stopped feeling numb I saw my hands, they were covered in blood. I was covered in blood. I started shaking, my new blouse was no longer white. It was ripped in so many places, my birthday day gift ruined. My pants were dirty and the bright green color now seemed dark next to the blood. I had lost one of my sneakers and my toe was broken. Suddenly a scream repressed in my chest found its way out, once again the birds flew away scared.

Reflections

Reflections

Jason woke up that morning with a throbbing headache. The AA meeting wasn’t doing anything for him, so after a week, he went back to the bar, where he felt he fitted in. Last night was his first night back in the addiction.

His memory started to play tricks on him and he couldn’t remember the last time he ate.

He glanced at the clock and ran to the window. A crow that was standing there flew away as the silhouette of Jason came closer.

He grabbed the filthy curtain and tried to hide behind it,  Mary went out of the next door apartment. Contemplating her every morning as she headed out for work, was a daily pleasure.

Every day he dreamed of both being together, but his reflection on the mirror made him feel like he wasn’t worthy of her attention.

He twisted his late mother’s ring, that was hanging from his neck, as he always did when feeling nervous and went back to the kitchen.

The appliances looked as if they would explode any minute under the mountains of used handkerchiefs and dirty paper plates. Big flies, made a buzzing sound as if on an insect symphony, flew everywhere.

When he opened the refrigerator door the bell rang. Sometimes hallucinations confused him so he ignored it, but he heard it once again. As he closed the door of the fridge a pale bloodless arm wouldn’t let him, he rearranged it and went to answer the door.

He looked through the peephole and couldn’t believe his eyes, it was Mary. She had come to him, it was a sign, the cage he had prepared for her, was just finished.

Campanilla Azul

Campanilla Azul

El golpeteo de la lluvia se escuchaba en eco a través de las láminas del techo. La sala a oscuras, mostraba apenas la silueta de un sofá que cubierto de plástico reflejaba la luz de la calle.

Unas  cajas amontonadas en el pasillo dejaban poco espacio para la circulación, en una de ellas se podía leer ¨ropa de Josefina¨, en la otra apenas se descifraba la palabra ¨zapatos¨.

La luz de una reducida vela acompañaba al único habitante de la casa. En el suelo, a sus pies, una llave se veía brillante y hermosa. La parte superior lucia  tallada en hilos de metal,  enredaderas, que formaban tres corazones entrelazados.

La cama estaba desordenada, y la ropa tirada en el suelo. En una esquina junto a la ventana sentado en una vieja mecedora, miraba Tadeo a la negra noche, perdido en sus pensamientos.

Con la mano, sobaba su arrugada frente, como queriendo desvanecer sus ideas. Sus mejillas  llenas de pequeñas líneas que contaban las emociones de los años, ahora  se llenaban de lágrimas saladas.

La camisa abotonada hasta la mitad, era casi traslúcida, alguna vez se distinguió en ella unas pequeñas anclas. Al pantalón arrugado que llevaba puesto, le faltaba el botón. Un mecate azul que tomó del tendedero, hacía las veces de faja y lo aseguraba a su cintura. Los pies cubiertos por calcetines negros, reposaban sobre una pequeña banca, como lo hacía cada noche por instrucciones de Josefina, para ayudarle a desinflamar los pies.

El sonido del reloj cucú de la sala lo sacó de sus pensamientos. Buscó ansioso la llave que ya no estaba en su regazo. Al verla en el suelo, cubrió sus ojos con sus manos y lloró nuevamente desconsolado.

Después de un momento y luego de tres intentos se levantó de su silla. Se agachó sosteniéndose  de la cama y recogió la llave.

Se enderezó despacio, con la mano en la cadera y una expresión de dolor en el rostro. Dio los primeros pasos lentos, guardando la llave en su bolsillo y se dirigió a la cómoda arrastrando los pies, para continuar llenando las cajas que decían ¨ropa de Tadeo¨, “Zapatos de Tadeo¨. Terminó de llenar la última y se quedó observando la foto de Josefina que colgaba de la pared.

Hermosa lucía con su cabellera lisa y castaña. Sus ojos negros parecían mirarlo y su sonrisa lo invitaban a besar sus labios. Tomó el cuadro de la pared, aceptando la invitación y la beso. El dia en que se tomó esa foto fue el dia que hicieron su pacto.

Cincuenta años atrás, un día de invierno como el de aquella noche, Josefina y Tadeo pasaron corriendo junto a un estudio fotográfico, frente al parque  de la ciudad.

El, enamorado, quiso inmortalizar aquella alegría que desbordaba del rostro de Josefina desde el día que descubrió que estaba embarazada. Algo que le habían dicho sería imposible. Ya tenia  8 meses y la espera por conocer a su bebé estaba pronto terminaria.

Tadeo puso la fotografía en la cómoda y sacó la llave de su bolsillo. De la gaveta sacó dos recipientes, uno era un baúl hermosamente decorado. Tenía hojas pintadas de diferentes tonos de verde y una flor campanilla azul en el centro.

Aquella tarde de su juventud, Josefina camino contenta de la mano de Tadeo, con sus fotografías bajo el brazo.  Cuando un crujir de metal los sacó de su felicidad. Dos días después Tadeo con un brazo roto pudo ver a Josefina que acostada en una cama de hospital se debatía entre la vida y la muerte, su hijo había muerto en el accidente pero intentaban salvarla a ella.

Fueron meses duros después de aquel dia, Josefina no volvió a ser feliz como antes, parecía que no quería sentirse contenta. Cuando se reía de alguna broma que Tadeo le hacía, rápidamente la sonrisa y la luz de sus ojos se apagaba. Esa risa, era un placer fugaz para el ahora anciano.

El cuerpecito de su hijo fue cremado y las cenizas se pusieron en aquel baúl con la campanilla azul. Josefina un dia le dio  aquella hermosa llave a Tadeo y le pido que cuando ella muriese, pusiera sus cenizas con las de su hijo.

Hace una semana, cayó enferma. Le pidió a Tadeo que buscara la llave y que la puliera, le señaló se acercara a ella y suavemente susurro en su oído, ¨déjala lo más brillante que puedas¨. Ante su insistente mirada,  lo hizo, dos días después murió.

Hoy cumplia su promesa.

Abrió la urna con los restos de su esposa y unió sus cenizas, en el baúl. El anciano rompió en llanto amargo.

Súbitamente sintió un dolor en su pecho y sonrió amargamente, había dejado de tomar sus pastillas. Ya había empacado , y la carta ya estaba hecha.

Tomó la fotografía y se acostó en la cama donde esperaba despertar junto a su esposa y su hijo, rodeado de campanillas azules y los sonidos de la risa hermosa de Josefina viendo a su hijo dar sus primeros pasos.

Dos días después el cuerpo de Tadeo fue encontrado por el casero que llegaba a dejarle la correspondencia. Sobre la cómoda, estaba el baúl, la llave y una carta que decía:

Soy feliz de nuevo, por favor cremen mi cuerpo y unanme a las cenizas de mi familia que están en el baúl con la campanilla azul.

Tadeo

Un nuevo hogar

Un nuevo hogar

Harus observó melancólico el sombrero de copa tirado sobre el suelo marrón de la luna, alumbrado únicamente por su foco de mano. En la penumbra de su entorno, contemplaba la Tierra que majestuosa y hermosa se veía en el negro espacio.

Se levantó con dificultad. Su traje espacial era un overol impermeable de material inteligente que liberaba o mantenía el calor según la temperatura en el exterior.

En sus constantes viajes a la Tierra visitó los museos en la destruida Nueva York, convertida en el gran recordatorio de lo vulnerables que somos en el universo. En las afueras de estos había abundantes puestos de recuerdos. El sombrero de copa fue el suvenir que Simone le regaló, en el último día que la vio, hace tres meses.

La guerra anunciada desde años atrás estalló hace 2 meses. Las revueltas comenzaron en la Tierra con los habitantes que no pudieron o no quisieron viajar hasta al satélite, muchos no confiaron en las promesas de que la Luna sería la única alternativa y se quedaron a salvar lo que quedaba.  El planeta pronto se convirtió en una colonia de la Luna, la extracción de recursos se había agudizado en los últimos años. Eran pocos los lugares habitables y la concentración de personas en lo que quedaba, empeoraba la situación.

Los terrícolas reunieron lo que pudieron de armamento y empezaron a matar a todo aquel que llegaba a la tierra. Harus siendo un piloto de estas flotas de extracción de recursos, disfrutaba de sus constantes viajes, en especial porque Simone se había convertido en el amor de su vida. Había planeado como traerla escondida en un compartimento de la nave, los refugiados humanos no eran permitidos ya en la Luna.

La prohibición se había adelantado a ellos y Harus empezaba a perder las esperanzas de regresar.

La alarma sonó a las tres de la mañana  con la canción “Lady in red” que le gustaba tanto a Simone. Se alistó lo más pronto posible y se puso en marcha.

Sus contactos le habían informado que esa mañana una flota de naves viajaría a la tierra para llevarle información y suministros a las estaciones del ejército lunar. Todo estaba acordado, pagaría el soborno al entrar. Le proporcionarían un carnet de piloto  y las coordenadas del  lugar de aterrizaje junto con el itinerario.

Una vez en el  andén caminó cabizbajo tratando de pasar desapercibido ante cualquier mirada vigilante.

Subió al armatoste y espero la señal de arranque.

Respiró profundo varias veces para tratar de aplacar los nervios. A pesar que el viaje era algo habitual para él, suplantar a un piloto de combate era considerado traición y se pagaba con la muerte.

A pesar de los avances en la sociedad los humanos eran ambiciosos y el poder era algo difícil de dejar, la Luna no tardó en convertirse en una dictadura dirigida por la familia más acaudalada de la Tierra  quienes habían financiado el nuevo hogar de los humanos. Vivían en el nuevo orden  mundial. Las reglas eran estrictas y las ejecuciones estaban a la orden del dia.

Al aterrizar Harus se apresuró a bajar de su nave. El estruendo de los disparos lo sorprendieron. ¡Era una emboscada! Los hombres caían abatidos.

Escondido bajo el avión, contemplaba el horror de aquella batalla, por primera vez extrañaba el silencio de su hogar. Por un instante permaneció tirado en el suelo cubriéndose  la cara. De repente no había más que silencio.  Se descubrió los ojos y vio como cinco soldados lo miraban.

“Es él”. Dijo uno de los soldados mientras mostraba una fotografía al que parecía ser su superior. Harus reconoció su letra en la parte trasera de la imagen y se levantó sobresaltado arrebatándole la foto de las manos al soldado, que se mostró molesto.

“¿Que hacen con esto?, ¿Dónde está Simone?”

“Tranquilo amigo, te acabamos de salvar la vida, te llevaremos hasta donde está Simone. Ella pidió que te protegiéramos, también tenemos infiltrados. Sabíamos que venias.”

Harus emocionado, apenas escuchó lo que le dijeron, el saber que vería a Simone le llenó de una inmensa felicidad.

A pesar de aquella victoria el estado del campamento mostraba que no todas las batallas terminaban tan bien.

El soldado que lo llevó hasta ahí se adelantó al ver que una mujer lo llamaba. Harus sintió una angustia enorme al ver que ambos hablaban y lo miraban, sabía que algo no estaba bien.

Entró a la improvisada tienda hospital e inmediatamente reconoció a Simone que yacía en una vieja camilla con sus brazos y piernas vendadas. Corrió hasta ella y se arrodillo a su lado.

Ella lo miró y una lágrima corrió por su mejilla, y una media sonrisa se asomó en sus labios.

Harus la beso.

“No dejes que acaben con nuestro mundo”, es lo único que logró decir. Él puso la cabeza en su pecho y lloró por ella.

Hoy, es el soldado más aguerrido de la Tierra.

 

One sad day

One sad day

         That dreadful day had come. August had finally arrived and we were moving to another country. I wasn’t worried because it was a different culture since we are neighbor countries, our cultures are very similar, as well as our language. What worried me most was not getting to see my parents every time I wanted to.

               Even though I was a grown woman, married and a mother of 3 boys, ages 2, 4 and 5, I was used to living close to everyone I loved. Every holiday, every birthday was celebrated with my siblings, their own families, my sons, and husband, as well as my parents.

           As I was there trying to assimilate the changes our lives were about to have, I watched my three little boys playing with my dad, who every once in a while cleaned his tears with his white handkerchief.

            My sons were used to coming to Tatas and Abuela’s house. Every Friday my dad will pick them up and they stayed there until Sunday evening. I usually drove there on Saturday and all of us went to eat out and take them to the park.

             My father didn’t have a close family when he grew up. His father told him he should find a job and leave his house when he was only ten years old. He had a hard life and almost no childhood. So when he had a family of his own he became the glue that kept us all together and always organized for all of us to go back home and celebrate every time we could.

           When the last suitcase was in the car and the luggage door was closed, the sound took me out of my thoughts, and finally knew I had to say goodbye.

  “Say goodbye to Tata and Abuela, is time to go”, my husband said.

 “Are you coming to pick us up on Friday Tata?”, my oldest son asked as he hugged my dad.

            “Maybe not this Friday, but every time I can I will go and visit you”, my dad said as he hugged each of the boys and gave them a kiss on their heads. My mom gave them a hug and a kiss on their cheeks as she advised them to be good boys. They didn’t cry since they’re used to Tata going away and they were certain they will see him again.  Knowing myself that this time things were going to be so different, broke my heart.

             We got in the car and as we all waved goodbye, I made a promise to myself to keep on visiting them every time we could and to go back home every holiday, and I have kept that promise ever since. I wouldn’t want my sons to grow up without the influence of such wonderful people.

Meant for kids 13 and older

Código de Registro: 1602166598361